martes, julio 26, 2011

Cada día constituye una lección de humildad (La terapia física y yo, Parte I)

(Nota: Esta entrada pertenece a la serie La terapia física y yo.)

Mi postura acerca de lo que sé siempre ha sido la misma: mi ignorancia sobre el cuerpo humano y su movimiento es palpable, y necesito y aspiro saber muchísimo más. Sin embargo, mi amplia curiosidad y mi incesante búsqueda de respuestas han sido mal interpretadas por algunas personas, quienes se han considerado desafiadas y desprestigiadas, o hasta amenazadas e insultadas, por lo que he planteado en algún momento, y que --en ausencia de verdaderos argumentos que contrarresten lo que se dice, en lugar de atacar a quien lo dice-- mantienen y diseminan su opinión de que soy un sabelotodo y que me creo mucho.

En contraste con lo que aquellas personas puedan pensar, la pura verdad es que cada día que pasa constituye una lección de humildad para mí. El conocer y conversar con la profesional extranjera ha sido la oportunidad más reciente y próxima de constatar todo lo que no sé, y del nivel de conocimiento y destrezas que se espera de un terapeuta físico competente, responsable y comprometido. De igual forma, no pasa un día en el que no me maraville con el conocimiento y destrezas acumulados por otros: desde aquellos plasmados en los comentarios que recibo en respuesta a las entradas en este blog (emitidos por estudiantes y profesionales de diferentes nacionalidades), hasta aquellos planteados en la información que encuentro diariamente en los libros, en Internet y en otros recursos, de forma deliberada o incluso por simple casualidad.

Al mismo tiempo que --lamentablemente-- no tengo un mentor en la vida real, y que soy muy selectivo en cuanto a qué y de quién quiero aprender, sí he identificado a un montón de gente (científicos, clínicos y profesionales de la terapia física, la medicina, la kinesiología y el entrenamiento deportivo de diferentes regiones del mundo), de quien aspiro captar todo lo que sea posible acerca del movimiento humano, su optimización y su recuperación. Ante estas personas, la única postura que puedo asumir es aquella de humildad y gratitud. Justamente por este motivo es que me sorprende la actitud de quienes se cierran a todo lo ajeno, convencidos por la certeza y la fe que tienen en su experiencia y su conocimiento individuales (los cuales son, ineludiblemente, limitadas, sin importar cuántos años tengan de experiencia). En realidad, son estas personas las que se creen mucho y que requieren, urgentemente, una buena dosis de humildad.

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