sábado, marzo 20, 2010

Planeando un curso... y fallando

A poquísimas personas conté --y en este blog nunca mencioné-- que hace algún tiempo yo planeé traer a una profesional extranjera para que impartiera un curso sobre un tópico que yo pensaba sería de mucho interés para los estudiantes y profesionales de la terapia física. Se trataba de una oportunidad, en mi opinión, formidable: la profesional en cuestión es experta en su rama y autora de algunos de mis libros favoritos de esta profesión, y ella estaba muy interesada en venir a Ecuador; como manifestación de eso, estaba dispuesta a cobrar un monto mínimo para dar este curso.

Yo hice el contacto con la profesional por iniciativa propia; intercambié decenas de e-mails con ella; hablé con diferentes personas para conseguir ayuda y financiamiento para el curso; busqué auditorios para la exposición; pedí cotizaciones de servicios y equipamiento de traducción; averigüé el costo de los pasajes aéreos; busqué lugares donde alojarla e identifiqué lugares donde ella podría alimentarse; planeé por dónde la llevaría de paseo en los tiempos libres; entre varias cosas más. Con todo eso en mente, hice una propuesta que presenté a diferentes personas. Al final entendí que el entusiasmo que yo tenía no era compartido por las personas que, con cuyo peso y autoridad, podían hacer que el curso se concrete. Así que, tras varios intentos y después de notificar a la profesional que el curso, lamentablemente, no podría llevarse a cabo, simplemente ahí lo dejé.

Pero no pienso que esta experiencia haya sido un fracaso completo, ya que aprendí varias cosas en esta ocasión que me ayudarán a tener más éxito en el próximo intento. Entre ellas, las siguientes:
  1. Que la máxima del mercadeo que sostiene que "no hay que vender lo que uno quiere, sino lo que el consumidor quiere", es cierta.
  2. Se reforzó mi idea de que nos conviene saber inglés para aprovechar las oportunidades educativas. Sin los costos de la traducción, los cuales triplicaban el monto que la expositora pedía, para los asistentes el curso hubiera tenido "precio de huevo", como se dice. En ese momento comprendí que el hecho de que la gente no conozca inglés no solo tiene repercusiones individuales, sino también colectivas: las oportunidades de realización de cursos como estos, con expositores de clase mundial, se reducen para todos si la gente en general no maneja el idioma inglés.
  3. Identifiqué a las personas que están más dispuestas a colaborar para que este tipo de eventos se lleven a cabo (a la vez, me llevé una sorpresa al descubrir quiénes no lo están).
  4. Ya tengo una idea del trabajo, de los trámites, de los procedimientos y de los costos involucrados en la realización de cursos de este tipo. Para la segunda ocasión ya no seré tan novato.
Afortunadamente, el vínculo con la profesional no se ha perdido, por lo que no descarto que podré, con la ayuda de otras personas, retomar esta iniciativa en el futuro próximo. Por lo pronto, fisioterapeutas del Ecuador, ¡aprendan inglés!

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